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Lic. Agustín Sartuqui

Integrar Cuidados

¿De qué hablamos cuando nos referimos al cuidado de nuestros seres queridos? ¿Es sólo la presencia física la que garantiza un acompañamiento idóneo? ¿O quizás es nuestra predisposición para un trabajo serio y profesional lo que hace la diferencia? Varias son las cuestiones que surgen cuando de cuidar a un familiar se trata. En primer lugar, puede llegar a instalarse el factor de la culpa. Delegar el cuidado de un familiar en un profesional de la salud, es un acto de desprendimiento y aceptación de nuestros límites en lo que se refiere a su atención. Si bien queremos darle lo mejor a nuestro ser querido, no siempre estamos capacitados para ello. En estos casos, delegar responsabilidades en un agente de la salud es una sabia decisión. En segundo término, nos puede preocupar la idoneidad del profesional acompañante. Es entendible que tengamos ciertas dudas con respecto a la persona a la cual dejamos a cargo de tamaño servicio. Un ápice de desconfianza quizás sea el motor para...

Deseo

  En la aurora de los buenos augurios, un resplandor amanece en mí, ladeándose entre mis entrañas como pluma en la brisa. Cúpula de cristal diáfano, protégeme del calor y el frío que no queman. Atraviésame de sentido; cual flecha de Cupido, enamórame de la vida. Encántame con el lucero de los días que, vestidos de sombra, se contemplan cerrando los ojos. Dame la gloria de los que saben perder, ganando el reconocimiento en lo no conocido. Concédeme los siguientes deseos: Conseguir un trabajo que no lo parezca, o que cueste trabajo dejar. Que la reflexión flexione cuando la conciencia consienta, y que el arte sea la norma de romper las reglas. Amarme como nadie, aunque Nadie me sienta, sin la espera del verbo ajeno conjugado en un pasado simple.   Auscultarme cada dos por tres, o cada dos por cuatro mientras mi alma baila un tango. Enseñar algo que no sepa que lo sé. Respirar el aire de los que viven intentando sin morir con la vida por estrenar. Buscar el protagonismo...

La lógica del tiempo

En la prisa de los tiempos que corren, nos pesa cada vez más el yugo de la puntualidad. Estamos inmersos en una cultura capturada por lo virtual, donde los dispositivos de última generación nos envían notificaciones que demandan la disciplina y el hábito del deber-ser-a-tiempo. En el mar de la precisión, navegamos en un presente continuo y a merced de una corriente horaria que señala la dirección de un inexorable destino. Este tiempo mensurable, objetivo y preciso, sucede en un encadenamiento de instantes cargados de actualidad. La relación lineal de causa y efecto, le imprime un sesgo racional-explicativo a lo que nos acontece. Es así que un “ahora” reemplaza a otro, siendo el pasado lo que explica el presente, y el presente lo que causa el futuro.   Un fiel reflejo del avasallamiento cronometrado, lo encontramos en preguntas como éstas: ¿Para cuándo el hijo? ¿Qué esperas para cambiar de trabajo? ¿Cuándo te vas a recibir? Y la lista podría ser tan larga como nuestra imaginación....

La experiencia literaria

A lo largo de los años me encontré en distintas situaciones que me pusieron cara a cara con la pregunta “¿quién soy?”. Cada uno de estos encuentros, me ayudó a calibrar un poco más la brújula que me guía en la búsqueda de sentido. En este des-cubrir, me topé con algunas vivencias que me conectaban con la esencia de las cosas, junto con otras que, más allá de su encanto fugaz, terminaron siendo accesorias y prescindibles. De igual modo aprendí a aceptar que no todo se puede. Convivir con la misteriosa intriga de lo inalcanzable, es también una forma de crecimiento interior. Y es que, a partir de esa ominosa imposibilidad, pueden surgir fenómenos tan interesantes como los que vemos, por ejemplo, en el arte. En fin, si bien fui cerrando algunas puertas que me abrieron a nuevas experiencias (no siempre), creo fervientemente que todavía quedan muchos caminos por explorar y construir. Uno de los trayectos más fascinantes que tuve el gusto de recorrer reposan en la literatura. Es en l...

El árbol de la autenticidad

Cuando nos decidimos a cambiar de rumbo, se nos abren caminos que en un principio pueden carecer de lógica. Sin embargo, son tales nuestras ganas de avanzar, que nos vemos poseídos por un espíritu de avidez irrefrenable y sometido a la voracidad de nuestro deseo. Nos adentramos en una nueva travesía sin saber muy bien por qué ni para qué. Sólo tenemos la vaga intuición de que queremos estar mejor. Para viajar, no siempre necesitamos movernos. En el árbol, tan quieto y sereno, se afirma la vida como en ningún otro ser viviente. Desde esta metáfora, podemos aprender de su ejemplo. En principio, sólo basta con poner los pies sobre la tierra para desplegarnos en el firmamento. A propósito, la palabra humildad viene del latín humus , que se traduce literalmente como “tierra”. No se trata de una humillación ni de una falsa modestia. No es “hacerse el buenito” para caerle bien a los demás. Es conectarnos con nuestro barro, sabiéndonos receptáculos de nuestros defectos y virtudes para lueg...

La ventana del alma

¿Cuántas veces queremos encontrar el botón mágico que solucione nuestros problemas en los momentos de crisis? En épocas de comprimidos para el alivio inmediato del dolor, transitamos nuestra vida buscando respuestas lineales a realidades entrelazadas. Desde el sopor de la quietud, anhelamos un “golpe de suerte” que gire nuestra barca en una dirección opuesta a la del viento. Al parecer, esto no es más que una ilusión que nos mantiene a flote, pero sin remarla. En este juego de azar, somos una especie de accesorio del destino, una botella en el mar pero sin mensaje. Nos gobierna la voluntad ajena, y nos conformamos con sobrevivir o, simplemente, con no tener sobresaltos. Tentados por el dios de la comodidad, transcurrimos los valiosos años de nuestra vida con la impresión que nos da una mala fotocopia. Quisiéramos recargar las tintas, pero no sabemos en qué ni cómo. Sin embargo, hay algo dentro nuestro que no se rinde ante la adversidad. Nunca es tarde, porque tarde es cuando nu...

El espejo de la vida

¿Cómo miramos lo que nos pasa? ¿Cómo nos vemos en esas situaciones? ¿Es real lo que juzgamos? ¿O muchas veces nos engañamos a nosotros mismos? La mirada, cuando se posa sobre uno mismo, presenta varios matices que se reflejan en una superficie: el espejo de la vida. Hay espejos cubiertos de polvo, llenos de nostalgia y de una suciedad que ya no nos pertenece. Es el pasado que nos impide reflejar la luz que está a nuestro alrededor. En otros casos, el cristal no está lo suficientemente pulido y necesita de un esfuerzo adicional para darle una mayor claridad a nuestros proyectos.   A veces nos enojamos, no aceptamos lo que somos y rompemos ese espejo. Entonces, hagamos lo que hagamos, la vida nos devuelve una imagen hecha pedazos. En estas circunstancias, tendremos que reunir con paciencia los fragmentos para volver a captar nuestra esencia, con sus virtudes y sus defectos. Si de espejos se trata, también podemos encontrar cóncavos y convexos. Los primeros agrandan lo que nos suced...