Dentro del amplio abanico de experiencias positivas y negativas, aquellos sacudones que más resuenan en nuestro interior, son pasibles de causar un sismo que traspasa nuestra frontera psíquica y corporal. Movimientos que se trasladan a nuestro medio circundante, provocando un caos en nuestra esfera personal y relacional. En ese temblor, no tenemos otra meta más que sobrevivir. Mediante actos reflejos, buscamos atravesar ese dolor que nos excede, con el único anhelo de pisar tierra firme. El pedido de auxilio quizás recaiga en personas y lugares conocidos que, de una u otra manera, forman parte del problema y no de la solución. Por el contrario, puede ocurrir que elijamos a sabiendas cerrar los ojos para subsistir, sin mirarnos ni mirar lo que nos rodea. En ambos casos, para evadirnos del yugo de lo intolerable, abrazamos el “todo vale” y, bajo esta lógica, nos servimos de viejos relatos o palabras vacías para afrontar nuevas historias. La repetición de lo conocido – o la evasión ...