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La historia no es una fotografía


Las heridas que nos marcan en el tránsito de la vida pueden ser un punto de partida donde nuestro pasado ya no es un mero recuerdo sino una marca que se hace actual a través de la cicatriz que nos surca. Desde esta marca es que podemos interpretar sus huellas, reconstruir nuestra historia y elaborar un aprendizaje que nos oriente para desasnarnos de lo que se repite una y otra vez en nuestra vida.

Trascendiendo el enojo y la tristeza con el propósito de escuchar lo que ellas nos dicen en lo profundo, podremos interpelar las heridas para disponernos a transitar el mañana con la avidez de avanzar hacia nuevas experiencias.

La historia no es una fotografía que inmoviliza los hechos una vez que éstos acontecen. Es en este sentido que tampoco las cicatrices poseen un significado unívoco que nos condena a un único destino. Entre el estímulo y la respuesta, está nuestro acto de lectura e interpretación de esas marcas; testimonios de sucesos que alguna vez nos dolieron, y que hoy nos piden iniciar un proceso de sanación.

Cuando digo “sanación” no me refiero a una cura completa. Esto sería el ideal de una panacea libre de fallas y frustraciones, donde todo es placer y no hay un compromiso activo con lo que vamos viviendo. Por el contrario, la sanación no es un punto de llegada sino un proceso; es la actitud de estar en constante trascendencia, es decir, en salirse de uno mismo pese a las circunstancias. Es una búsqueda activa de aquello que nos hace crecer interiormente, con la mentalidad puesta en estar cada día un poco mejor.

Puede suceder que haya momentos de tristeza, de alegría y/o de paz, así como de intranquilidad o, en algunas instancias, momentos intrascendentes que pasan sin pena ni gloria. Lo esencial es trabajar nuestra motivación de vivir plenamente esos momentos sin quedarnos atados a ellos. No abrazarnos a la cicatriz como si ésta no tuviese un mañana que nos da la chance de librarnos de las cadenas de lo actual. Por el contrario, la capacidad de expresar la cicatriz de la manera más variada, jugando con los significados que podemos reconstruir una y otra vez de ella, es un elemento clave que nos permitirá transitar los distintos caminos que la vida nos propone.

En efecto, el sesgo de querer evaluar las cosas con un pensamiento absolutista – todo es “bueno” o todo es “malo” –, nos ahorra el trabajo de pensarnos de una manera más compleja, con todos los matices que nos definen como sujetos en distintos contextos individuales y sociales. En otro posteo afirmaba que los objetos no tienen atributos per se. Somos nosotros los que le damos un color a esos atributos, y por ello mismo tenemos la fortuna de poder ponerle palabras a esos objetos y darles “una vuelta de tuerca” que dependa de nuestra interpretación de los hechos.

Dialectizar la cicatriz es un ida y vuelta entre nosotros y los demás. Sin dudas es algo especial sabernos queridos por quienes nos eligen en las buenas y en las malas. Pero no todo lo que nos define es del agrado de los demás y eso tenemos que aceptarlo. Algunos se perderán en el camino. Los que se quedan son, en última instancia, los que valoran nuestra forma de ser en su faceta más auténtica.

Lo dicho anteriormente no quita que este proceso de acatar nuestro deseo a partir de las marcas, haya cosas que se pierdan, que no sean completas ni perfectas. Por el contrario, la aceptación es un acto noble de quitarnos ese yugo perfeccionista que muchas veces cargamos sobre nuestras espaldas, sin darnos cuenta de que la perfección es algo que se excluye de lo propiamente humano.

En la búsqueda de sentido, pondremos en cuestionamiento las verdades enquistadas en nuestra identidad para dar lugar a una realidad más accesible a nuestros encuentros y desencuentros cotidianos. Una realidad que contemple las hendiduras marcadas por arrugas, heridas y cicatrices.

De esta forma, la fórmula que reza “querer es poder” puede ser modificada por el axioma más amigable que afirma “querer y hacer es vivir”.

Ser dueños de nuestra vida no es controlarlo todo. Siempre hay factores que inciden en las inevitables grietas que dan testimonio de nuestra experiencia a través del tiempo que fue, que es y que será. Haciendo uso de la incertidumbre que esta última instancia temporal depara, tenemos un margen de libertad y elección para “sacar de la galera” nuevas formas de pensarnos fuera de los moldes del convencionalismo. Así, seremos dueños de lo que no dominamos, confiando en el proceso y, sobre todo, en nosotros mismos. Con heridas, marcas y cicatrices.

 

Los saluda,

 

Lic. Agustín Sartuqui

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